El termómetro de la Psicología
César Ballardini
- Lectura en 38 minutos - 7913 palabras⚠️ Curiosidad nerd lateral — esto no es ciencia de la computación.
Hace un tiempo escribí acá sobre el enema de humo de tabaco. El post arrancaba con un problema de performance —alguien agrega RAM para acelerar un login y el login tarda el doble— y terminaba en los médicos europeos del siglo XVII soplando humo de tabaco por el recto de sus pacientes para tratar cefaleas, hernias, calambres, tifus y cólera. La pregunta era «¿por qué funcionaba?» y la respuesta era «no funcionaba». La tesis, que repito textual porque este post entero se apoya en ella:
Para que un cambio sea válido, debe existir una relación lógica entre el problema identificado, el mecanismo por el cual el nuevo método lo resuelve, y el resultado esperado. […] El consenso no es una demostración.
Y el cierre: si los pasos del plan no consiguen el objetivo deseado, seguimos soplando humo en el trasero del problema.
Este post le aplica esa misma vara a la sicología.1
Aviso lo que viene, porque es largo y conviene saber adónde va. Primero cuento de dónde me vino la pregunta, que no fue de un libro sino de mirar lo que pasó con la pedagogía. Después afino el criterio, porque en su versión ingenua se lleva puesta a media ciencia y hay que arreglarlo — y el arreglo viene de la termodinámica. Después lo aplico a Freud y a Jung. Y al final está la parte que me costó escribir: siete casos documentados en los que un concepto sin instrumento bajó a la clínica, o al aula, y le arruinó la vida a alguien con nombre y apellido.
Hay un post hermano, «Sicología sin humo de tabaco en el trasero, según ChatGPT», donde le hago estas mismas preguntas a un modelo de lenguaje y reviso qué contesta. Se pueden leer en cualquier orden; éste es el que tiene el argumento.
De dónde venía la pregunta
Venía de mirar lo que pasó con la pedagogía.
La sicología se adueñó de la pedagogía. Le abdujo la cuestión humana y se la devolvió con otro nombre: sicopedagogía. Hoy, cuando un chico o un joven tiene problemas de aprendizaje, no lo atiende un pedagogo —un especialista en aprendizaje— sino un sicopedagogo.
La cosa no es tan vieja como parece, y tiene domicilio local: la carrera universitaria de Psicopedagogía se fundó en la Universidad del Salvador, en Buenos Aires, el 2 de mayo de 1956, y fue la primera de Sudamérica; hacia 1960 ya estaba institucionalizada en varias universidades argentinas.2 Es decir que en menos de una vida humana una disciplina absorbió a otra, y se quedó con la consulta.
Y la educación no mejoró desde esa vertiente. Ni la infantil ni la de adultos.
Entonces las preguntas son tres, y van de la más chica a la más grande. ¿Qué le aporta la sicología a la pedagogía como para convertirla en otra carrera profesional? ¿Dónde quedaron los pedagogos de carrera? Y la que está abajo de las dos anteriores, que es la que me interesa de verdad: ¿qué bases tiene la sicología para arrogarse semejante autoridad sobre los seres humanos?
Un ejemplo de lo que sí cruzó de la sicología al aula, para que se entienda que la pregunta no es un capricho. Los «estilos de aprendizaje»: la idea de que cada alumno es visual, auditivo o kinestésico, y de que enseñarle en su estilo mejora el resultado. Está en la formación docente, está en los talleres, está en los cuestionarios que se les toman a los chicos. Pashler, McDaniel, Rohrer y Bjork revisaron la literatura y encontraron que, siendo enorme, casi ningún estudio había usado el diseño experimental capaz de poner a prueba la afirmación central —el que compara qué pasa cuando el método coincide con el estilo diagnosticado y cuando no—, y que los pocos que sí lo usaron la contradijeron.3
Un concepto sin evidencia, exportado a las aulas, enseñado a los maestros como si fuera un hallazgo.
El otro disparador: de Angicos al jardín de infantes
Y hay un segundo caso, más grande, que en Sudamérica nos toca de cerca.
En 1963, Paulo Freire y un equipo hicieron una experiencia de alfabetización en Angicos, un pueblo del sertón de Rio Grande do Norte donde alrededor del 75% de los habitantes no sabía leer ni escribir. Alfabetizaron a unos 300 adultos en cuarenta horas de trabajo. El método era específico y estaba bien pensado para eso: antes de empezar, un grupo de estudiantes relevó el universo de vocabulario de esa población concreta —registraron unas 410 palabras— y de ahí salieron las «palabras generadoras» alrededor de las cuales se organizaban los círculos de cultura.4
Miremos las piezas de ese diseño. Adultos. Analfabetos absolutos. Trabajadores rurales en pobreza extrema. Un vocabulario relevado en el terreno, el de ellos, el de su trabajo. Cuarenta horas.
Cinco años después, en 1968, ese método se generalizó en un libro —Pedagogía del oprimido—, de orientación explícitamente marxista, con sus categorías: opresor y oprimido, concientización, educación bancaria, educación para la liberación.5 Y de ahí pasó a ser una de las bases de la pedagogía crítica y parte del currículo de formación docente en media Sudamérica.
Ahora sacale al diseño de Angicos el adulto, el analfabetismo, la miseria, el trabajo rural y el relevamiento del vocabulario propio. ¿Qué queda del método? Esa pregunta —qué se conserva y qué se pierde cuando trasladás un procedimiento a una población que no comparte ninguna de las condiciones para las que fue diseñado— es una pregunta empírica, se puede responder midiendo, y hasta donde sé no se respondió antes de generalizar. Un chico de cinco años, de clase media, en una ciudad, que todavía no aprendió a leer porque todavía no le tocaba, no es un jornalero analfabeto de cuarenta. Y sin embargo la educación para la liberación de la opresión llegó al jardín de infantes.
Ojo con lo que estoy diciendo y con lo que no. No estoy diciendo que Angicos no haya funcionado. Por lo que se sabe, para esos 300 adultos hizo algo real. Lo que discuto es el salto: de una intervención diseñada a medida de una población, a una teoría general de la educación, sin que en el medio nadie midiera si sobrevive al traslado.
Y hay una prueba de ese salto, porque el método sí se probó a escala nacional, con su propio autor a cargo. Le fue muy mal, y lo cuento más abajo.
Eso es lo que me hizo sentar a escribir los cuatro prompts.
La posición desde la que pregunté
Represión. Transferencia. Libido. Complejo. Pulsión de muerte. Inconsciente colectivo. Arquetipo. Individuación. Self.
No existe un mecanismo que explique ninguno de esos conceptos. No hay física, no hay química, no hay biología, no hay neurología, no hay un modelo del funcionamiento del cerebro del que se deriven. Son vaporware: nombres de piezas que nunca se construyeron, catálogos de un producto que no llegó a fabricarse.
Eso, por sí solo, sería una discusión de facultad. Lo que la saca de la facultad es lo que vino después: esos conceptos sin mecanismo se usaron para tomar decisiones sobre la salud de personas concretas, y después se extrapolaron a sociedades enteras, sin pasar nunca por el filtro experimental. Más adelante en este post hay una lista con nombres, fechas y damnificados.
Es exactamente el argumento del enema, con otra ropa. Sin la cadena problema → mecanismo → resultado, adoptar un método es un acto de fe. El consenso profesional no la reemplaza. El prestigio institucional tampoco. Ni en el siglo XVII con el fuelle, ni en el siglo XX con el diván.
Ahora bien: dicho así, el criterio tiene un agujero grande, y conviene taparlo antes de seguir.
El criterio, bien afinado: la temperatura
La objeción obvia a lo que acabo de escribir es buena: si vas a tirar todo lo que no tiene mecanismo en el nivel de abajo, te llevás puesta media ciencia.
La respuesta está en termodinámica.
La temperatura no existe a nivel molecular. Una molécula sola no tiene temperatura; no es una propiedad que se pueda predicar de un átomo. Lo que hay abajo es energía cinética. Y sin embargo la temperatura es un concepto perfectamente legítimo, porque en el agregado esa energía cinética produce el comportamiento macroscópico que llamamos temperatura: para un gas ideal monoatómico, la energía cinética traslacional media por molécula es exactamente6
donde:
- es la energía cinética traslacional media por molécula;
- es la constante de Boltzmann, — y desde la revisión del Sistema Internacional de 2019 ese número no se mide: define el kelvin, y por eso es exacto;
- es la temperatura absoluta, en kelvin.
Hay un puente. El concepto de arriba se deriva del nivel de abajo.
Entonces el criterio no es «¿existe esto a nivel de neuronas?». Formulado así es un criterio tonto, y se lleva puesta la termodinámica entera. El criterio de verdad tiene tres patas:
- ¿Se mide de manera independiente de la teoría que lo postula? La temperatura se mide con un termómetro, y el termómetro funciona aunque uno no crea en las moléculas.
- ¿Hace predicciones cuantitativas que pueden salir mal? Carnot calculó en 1824 el rendimiento máximo de una máquina térmica en función de dos temperaturas,7 y ese número se puede ir a verificar al taller.
- ¿Hay un puente hacia el nivel de abajo? Para la temperatura llegó, pero llegó último: Maxwell y Boltzmann derivaron la termodinámica de la mecánica de partículas décadas más tarde.
Ese tercer punto es el que hace fuerte al argumento en lugar de facilista. La termodinámica fue ciencia dura, útil y predictiva durante medio siglo sin conocer el mecanismo microscópico. Carnot no sabía qué era el calor. No hace falta tener el mecanismo para hacer ciencia: hacen falta las patas 1 y 2.
Eso salva a un montón de sicología conductual y psicométrica que no tiene neuroimagen y no la necesita. Es la termodinámica de la conducta.
Y condena a los conceptos de la sección anterior, ahora por la vía correcta y no por prejuicio: la represión, el arquetipo y el inconsciente colectivo no fallan la pata 3, fallan las patas 1 y 2. No se miden con ningún instrumento independiente de la teoría que los postula, y no producen un número que pueda salir mal. La temperatura sin mecanismo seguía siendo temperatura porque el termómetro marcaba. El arquetipo no tiene termómetro.
Dicho de una manera que me gusta más: lo que hace a una ciencia no es el relato del mecanismo por sí solo, es el número que puede salir mal. El enema tenía un mecanismo narrado —la teoría de los humores— y ningún resultado medible. La termodinámica de 1824 no tenía mecanismo y tenía todos los resultados medibles del mundo. De los dos, el que hace ciencia es el segundo.
Ampliar el dominio no baja la vara
Hay una trampa en lo que acabo de decir, y quiero cerrarla yo antes de que la use alguien a mi favor.
Si acepto que la neurociencia no es el único lugar donde una afirmación puede chocar y perder —que también valen la conducta medida, la psicometría y el ensayo clínico—, aparece la tentación de usar esa apertura como puerta trasera: bueno, tiene un ensayo publicado, listo.
No. Si esos resultados no son reproducibles, no tienen peso científico para autorizar una acción terapéutica sobre una persona. El dominio se amplía; la exigencia no.
Y hay que aplicarle esa vara a los tres dominios que acabo de admitir, porque los tres tienen problemas serios y documentados:
- El ensayo clínico en sicoterapia. Cuijpers examinó 117 ensayos con 175 comparaciones y encontró evidencia de 51 estudios «faltantes»; al imputarlos, el tamaño de efecto global cayó un 37%, de 0,67 a 0,42.8 En trabajos posteriores del mismo grupo, el efecto se sostiene pero chico —del orden de g=0,27 tras corregir por sesgo de publicación, g=0,32 entre los estudios de bajo riesgo de sesgo— y los estudios de bajo riesgo de sesgo son una minoría de la literatura.9
- El efecto de lealtad del investigador. Un panorama de 30 meta-análisis encuentra una asociación entre la lealtad teórica del investigador y el resultado del ensayo de r ≈ 0,26, y más fuerte cuanto peor es la calidad metodológica.10 Hay controversia legítima sobre cómo leerlo: podría ser que los investigadores adhieran a las terapias que efectivamente funcionan mejor. Pero que la asociación crezca donde la calidad baja apunta para el otro lado.
- El cegamiento. En sicoterapia el doble ciego es inviable: el paciente sabe qué le están haciendo y el terapeuta también.11 Eso no es un defecto que se arregle con presupuesto; es una limitación de diseño que un ensayo farmacológico no tiene.
- La psicometría tiene su propio asterisco, y lo vemos más abajo con los Big Five.
De acá sale el principio que ordena todo lo que viene después:
La evidencia que alcanza para publicar no es la que alcanza para intervenir sobre una persona. Son dos varas distintas, y la segunda es más alta.
Con esa vara el mapa se reordena y deja de ser cómodo para nadie. El psicoanálisis no llega porque nunca generó la afirmación contrastable. La neuroimagen de baja potencia no llega porque no replica. El ensayo de sicoterapia llega a medias, con un efecto que se encoge un tercio cuando se corrige el sesgo de publicación. Y la psicometría llega en una población y no en otra.
Eso es incómodo. Es lo que dicen los papers.
Por qué Freud y Jung eran los primeros candidatos
Freud y la cuenta de curaciones
El número de pacientes que Freud curó con psicoanálisis, según la revisión histórica más severa disponible, es cero.
Conviene decirlo con precisión, porque «cero» es una afirmación fuerte y el argumento se cae si la exagero:
- Frederick Crews, tras revisar la correspondencia y los expedientes, sostiene que no hay evidencia de que Freud haya curado a nadie, y que los historiales publicados fueron construidos retroactivamente.12
- El caso fundacional, Anna O. —Bertha Pappenheim—, no fue una cura. Breuer la presentó como tal en Estudios sobre la histeria (1895), y la investigación de archivo muestra un desenlace distinto del que quedó en la leyenda.13
- El «Hombre de los Lobos», Sergei Pankejeff, dijo en las conversaciones que mantuvo con Karin Obholzer entre 1974 y 1976 que estaba igual que antes de conocer a Freud, y calificó el tratamiento de catastrófico.14
- Y el propio Freud lo dijo, sin necesidad de que venga a decirlo un crítico hostil: «quizá sepan ustedes que nunca he sido un entusiasta terapéutico».15 En Análisis terminable e interminable (1937) le puso límites explícitos al alcance curativo del método.16
Ahora, la distinción que no me puedo saltear, porque si no estaría haciendo trampa: «Freud no curó a nadie» no equivale a «la sicoterapia de orientación psicodinámica no sirve hoy». Son dos afirmaciones distintas. Hay meta-análisis que encuentran equivalencia de resultados entre la terapia psicodinámica breve y tratamientos con eficacia establecida.17 Esa literatura recibió críticas metodológicas serias, y en la respuesta a esas críticas los propios autores conceden que para algunos de los estudios incluidos «igualmente inefectivos» habría sido una descripción más exacta.18 Y, sobre todo: esa literatura vive dentro del mismo campo del que hablé recién, con ese mismo 37% de inflación por sesgo de publicación. «Equivalente» puede muy bien querer decir «equivalentemente sobreestimado».
Lo digo aunque me debilite el propio contrapeso. Si no lo dijera, estaría haciendo con la sicoterapia exactamente lo que más abajo le reprocho a ChatGPT con la neuroimagen.
Para completar el cuadro histórico: el clásico de la vereda contraria es Eysenck (1952), que comparó tasas de mejoría con y sin sicoterapia y concluyó que los números no sostenían que la terapia acelerara la recuperación.19 Eysenck fue refutado después por los meta-análisis, y hoy no se cita como veredicto sino como el momento en que la pregunta se volvió empírica. Que ya es bastante.
Jung y los espíritus que le dictaron la obra
El caso de Jung es distinto, y más raro. Acá el problema no es la falta de evidencia de cura. Es de dónde salió la obra.
Entre el 12 de noviembre de 1913 y aproximadamente 1930, Jung registró un conjunto de visiones inducidas por él mismo: primero en los cuadernos que llamó Libros Negros, después en el manuscrito iluminado y caligrafiado que es el Liber Novus, el Libro Rojo. Estuvo inédito hasta octubre de 2009, cuando W. W. Norton publicó el facsímil con edición de Sonu Shamdasani y más de mil quinientas notas.20 Hay edición en castellano: la publicó El hilo de Ariadna —Malba, Fundación Costantini— en Buenos Aires en 2010, con supervisión de Bernardo Nante.21
En ese material aparecen figuras autónomas con las que Jung conversaba: Elías y Salomé, aparecidos en diciembre de 1913; Izdubar, el rey-dios tomado de la mitología babilónica; Filemón; y más tarde Ka, una figura terrestre y corporal que, según el propio Jung, vino a relativizar a Filemón.22
La mejor documentada de todas es Filemón, que viene de un sueño de 1913: un anciano con alas de martín pescador y cuernos de toro, cruzando un cielo azul con un manojo de llaves. Jung caminaba con él por el jardín de su casa de Küsnacht. Y dijo de él dos cosas que conviene leer despacio: que era «simplemente un conocimiento superior», que le enseñó «la objetividad psicológica y la realidad del alma», y —ésta es la que importa— que «formuló y expresó todo lo que yo nunca había pensado».23
Filemón tampoco fue el único que firmó por él. En 1916, en tres noches, Jung escribió los Septem Sermones ad Mortuos y no los firmó con su nombre: los atribuyó a Basílides de Alejandría, un maestro gnóstico del siglo II, y los presentó como respuesta a un tumulto de muertos que, según él, invadió su casa. Los hizo imprimir en privado y sólo los regalaba; nunca los puso a la venta.24
Conviene ver el conjunto. Un cuerpo de obra cuyo autor sostiene que todo lo demás se deriva de un material visionario; dentro de ese material, interlocutores con nombre propio que le dicen cosas que él afirma no haber pensado; y un texto fundacional publicado bajo la firma de un gnóstico muerto hacía diecisiete siglos. No estoy caricaturizando: eso es lo que las fuentes junguianas mismas describen, y con orgullo.
Y la frase que cierra el asunto. Jung, en 1957, sobre ese período: «Todo lo demás se deriva de esto.»20
¿Estaba enfermo? Y por qué la respuesta no cambia nada
Acá hay que tener cuidado y no hacer diagnóstico de sillón. El estado real de la discusión es éste:
Jung mismo temió estar «amenazado por una psicosis». Henri Ellenberger acuñó para episodios así el término «enfermedad creativa», y sostuvo que tanto el sistema de Freud como el de Jung salieron de uno.25 Anthony Storr concluyó que fue psicótico; Shamdasani rechaza esa lectura como insostenible a la luz de la documentación disponible.26 Y el trabajo clínico más reciente que encontré, de Incekara y Blom en Frontiers in Psychology (2024), atribuye las experiencias a hiperfantasía —imaginería mental extremadamente vívida— y concluye que ninguna de ellas suma convincentemente a lo que hoy llamaríamos un trastorno del espectro de la esquizofrenia.27
Tres respuestas posibles: espiritista genuino, enfermo, hiperfantasioso sano.
Y las tres producen exactamente la misma consecuencia epistemológica.
Sea cual sea el origen de Filemón, lo que Filemón dijo no es contrastable, no es compartible y no es reproducible por otro. No hay cadena problema → mecanismo → resultado. Un cuerpo teórico cuyo autor declara que todo lo demás se deriva de un material visionario, y que firmó uno de sus textos fundacionales con el nombre de un gnóstico del siglo II, no queda fuera de la ciencia por un juicio hostil sobre la salud mental de su autor: queda fuera por su propia declaración de origen.
Eso me parece más respetuoso y más demoledor que cualquier diagnóstico póstumo. Y quiero ser claro con lo que estoy diciendo y con lo que no: el Libro Rojo es un objeto extraordinario y Jung es un escritor enorme. Literatura visionaria, sí. Base de una ciencia, no.
El vaporware sí tuvo consecuencias
Todo lo anterior podría quedar en una discusión entre gente que lee papers. No queda. Un concepto sin las patas 1 y 2 no se queda quieto en el paper: baja a la clínica y después sube a la sociedad.
La «madre refrigeradora». Bruno Bettelheim popularizó en los años cincuenta y sesenta la tesis de que el autismo lo causaba la frialdad materna, y la consolidó en The Empty Fortress (1967). Se les dijo a miles de madres que sus hijos eran autistas por culpa de ellas. Bernard Rimland presentó en 1964 el primer argumento sólido en contra, y los estudios de gemelos de fines de los setenta terminaron de enterrar la teoría.28 Como epílogo, la biografía de Richard Pollak documenta que Bettelheim había exagerado o inventado credenciales.29
La «madre esquizofrenógena». Acuñada por Frieda Fromm-Reichmann en 1948 y vigente en la literatura psiquiátrica hasta los setenta: la esquizofrenia como producto de una madre fría, rechazante y controladora. En 1982, Gordon Parker revisó la investigación acumulada y concluyó que no había evidencia de que esas madres tuvieran más hijos esquizofrénicos que cualquier otra.30 Treinta años de culpa distribuida sobre familias que ya estaban destrozadas, sobre una base que nunca existió.
La memoria reprimida. En los ochenta y noventa, terapeutas que operaban con la teoría de la represión «recuperaron» recuerdos que llevaron a acusaciones, juicios y condenas. Elizabeth Loftus mostró experimentalmente que las mismas técnicas usadas para recuperar recuerdos sirven para implantarlos: en el estudio de 1995 con Jacqueline Pickrell, alrededor de un cuarto de los participantes terminó recordando, con detalles sensoriales propios, un episodio de infancia que nunca había ocurrido.31 El FBI no encontró evidencia de las redes satánicas organizadas que se denunciaban. Acá el costo no es metafórico: hubo gente presa.
El MBTI. Derivado de la tipología de Jung por Katharine Cook Briggs e Isabel Briggs Myers, se sigue usando para decisiones de contratación y de carrera. En el estudio de test-retest que se cita habitualmente, a las cinco semanas sólo el 47% de los participantes conservaba sus cuatro preferencias: algo más de la mitad cambiaba de tipo en al menos una escala. Y el propio editor del instrumento califica de no ético usarlo para selección de personal.32 Vaporware con siglas, cobrando por hora.
Guinea-Bissau, o qué pasa cuando el método sí se pone a prueba. Éste es el que dejé anunciado al principio, y tiene una forma distinta de todos los demás de esta lista.
Guinea-Bissau se independizó de Portugal en 1973 con un 90% de analfabetismo adulto. En 1975 el gobierno invitó a Freire y a su equipo del IDAC a diseñar la campaña nacional de alfabetización. Freire aceptó y dejó su propio testimonio del proceso en un libro de cartas.33
La campaña se dictó en portugués. El portugués lo hablaba alrededor del 5% de la población — y ese 5% ya estaba alfabetizado. Las lenguas que la gente realmente hablaba —crioulo, balanta, fula— eran orales y no tenían forma escrita disponible.34
El resultado lo dijo el propio Departamento de Educación de Adultos del país: entre 1976 y 1979 pasaron por la alfabetización unos 26.000 estudiantes, y los resultados fueron prácticamente nulos. En 1980 la experiencia se declaró un fracaso.34 La evaluación de referencia la hizo Linda Harasim en su investigación doctoral, con siete meses viviendo en el país, trabajo de archivo en el gobierno y entrevistas con los protagonistas, incluido Freire.34
Y acá está lo que hace a este caso distinto de los otros cinco, y peor. En Guinea-Bissau sí hubo termómetro. Alguien contó: 26.000 personas, resultado prácticamente nulo. La medición existió, la hizo el gobierno anfitrión, y marcó cero. Lo que falló no fue la ausencia de instrumento: falló el mecanismo de corrección. El método siguió enseñándose, el libro siguió siendo base de la formación docente, y el episodio quedó como una nota al pie que la mayoría de los que estudian pedagogía crítica en Sudamérica no llega a ver.
Un termómetro que marca y a nadie le cambia la conducta es peor que no tener termómetro, porque ya no se puede alegar ignorancia.
Y el caso que resume todo el post en una sola vida: David Reimer. Nació en Winnipeg en 1965, varón, con un hermano gemelo idéntico. A los pocos meses, una circuncisión fallida le destruyó el pene. Los padres consultaron a John Money, del Johns Hopkins, que sostenía que la identidad de género al nacer es una página en blanco y queda fijada por la crianza. Money recomendó reasignarlo: cirugía en la infancia, crianza como niña, hormonas femeninas en la pubertad.35
Y acá viene lo que hace de éste el peor caso de todos, porque tenía la forma de un experimento. Money publicó el asunto como el «caso John/Joan» usando al hermano gemelo idéntico como control. Diseño elegante: mismo genoma, misma casa, mismos padres, crianza distinta. Lo reportó como un éxito. Durante casi treinta años esa historia fue a los manuales como prueba de que la identidad de género la determina la socialización.
Nadie fue a verificarlo. Hasta que en los años noventa Milton Diamond y Keith Sigmundson lo buscaron, lo entrevistaron y publicaron el seguimiento en Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine, en marzo de 1997: el caso no había funcionado nunca.36 Reimer había rechazado la identidad femenina desde chico, se enteró de la verdad a los catorce y volvió a vivir como varón. El periodista John Colapinto reconstruyó la historia completa, incluidas las sesiones a las que Money sometía a los dos hermanos siendo niños.37 El hermano gemelo murió en 2002 por sobredosis de antidepresivos. David Reimer se suicidó el 4 de mayo de 2004, a los 38 años.35
Quiero ser preciso con lo que este caso prueba y lo que no. No es evidencia sobre ninguna discusión contemporánea, y usarlo así sería exactamente el tipo de extrapolación sin filtro que vengo criticando. Lo que prueba es más chico y más grave: una afirmación sin mecanismo —la página en blanco— se aplicó al cuerpo de un chico, se publicó como éxito con la apariencia formal de un experimento controlado, entró en los manuales, y estuvo treinta años sin que nadie hiciera el seguimiento. La corrección llegó porque dos personas fueron a mirar. Ése es el punto: no hubo termómetro, y sin termómetro no hay nada que avise.
Y el nivel societal. Freud pasó del consultorio a la cultura entera —Tótem y tabú, El malestar en la cultura— y Jung a la sicología de los pueblos.
En 1933, Jung aceptó la presidencia de la sociedad alemana de psicoterapia y la dirección de su revista científica, el Zentralblatt. En 1934 publicó ahí «El estado de la psicoterapia hoy», donde sostiene que Freud no entendió la psique germánica, y afirma que el inconsciente «ario» tiene un potencial más alto que el judío, y que el judío, siendo algo así como un nómade, nunca creó una forma cultural propia y necesita una nación anfitriona para desarrollar sus talentos. En el editorial del Zentralblatt escribió que las diferencias entre la sicología germánica y la judía, conocidas desde hace tiempo por toda persona inteligente, ya no debían seguir disimulándose. Hay además una nota al pie en Dos ensayos de psicología analítica —de 1928, reeditada en 1935— donde llama error del todo imperdonable aceptar como válidas en general las conclusiones de una sicología judía.38
Tomo las citas del trabajo de Andrew Samuels, que las reproduce y las referencia una por una. Elijo esa fuente a propósito: Samuels es analista junguiano y escribe desde adentro del campo, no es un testigo hostil, y su artículo hace también el trabajo de contexto —Jung sostuvo que su cargo en la revista era pro forma, que estaba lejos de la redacción, y que no supo de las declaraciones pronazis que se insertaron; conviene leer todo el argumento antes de sacar conclusiones—.38
Mi punto no es juzgar a Jung, que es una discusión larga y que otros dan mejor. Mi punto es que un concepto sin termómetro escaló de la consulta al alma de las naciones sin que nada en el camino pudiera frenarlo, porque no había ningún número que pudiera salir mal. Un inconsciente colectivo que se predica de un pueblo no es una hipótesis: es una figura retórica con bata blanca.
Y un balance obligatorio, porque si no esto se lee como un ajuste de cuentas: la medicina y la sicología empírica también hicieron daño. La lobotomía ganó un Nobel.39 Tuskegee existió.40 El argumento no es «psicoanálisis malo, ciencia buena». El argumento es que la ciencia tiene un mecanismo para descubrir que se equivocó, y ésa es toda la diferencia. La crisis de replicación, que arriba usé como cargo, es exactamente eso: el sistema inmune funcionando, en público y a los gritos.
El caso de la enfermedad que desapareció
Falta uno, el más delicado, y prefiero contarlo despacio que dejarlo afuera.
La homosexualidad estuvo en el DSM-II hasta que el consejo directivo de la Asociación Psiquiátrica Americana votó eliminarla el 15 de diciembre de 1973. La decisión fue resistida sobre todo por la comunidad psicoanalítica, que forzó un referéndum entre los miembros; se ratificó con el 58% de los votos.41
Mi reproche es al procedimiento: se resolvió por votación y consenso, no por evidencia. Entró por teoría y salió por asamblea, y entre una cosa y la otra no cambió nada en la biología ni apareció ninguna medición nueva. En un campo con termómetro eso es impensable: nadie somete a referéndum el punto de ebullición del agua. Que un diagnóstico se pueda votar 58 a 42 es la prueba de que no había nada que midiera.
Lo primero: el dato existía y no decidió nada. Evelyn Hooker publicó en 1957 una comparación de treinta varones homosexuales con treinta heterosexuales apareados por edad, coeficiente intelectual y educación; jueces expertos que evaluaron los protocolos no pudieron distinguir la orientación mejor que el azar, y dos tercios de ambos grupos quedaron clasificados como bien ajustados.42 Estaba publicado dieciséis años antes del voto. No movió el amperímetro.
Lo segundo: la diferencia en suicidalidad es real y es grande. La revisión sistemática de King y colegas da un riesgo relativo de intento de suicidio a lo largo de la vida de 2,47, y de 4,28 en varones gays y bisexuales; depresión y ansiedad entre 1,54 y 2,58.43 Eso es un número, y un número es candidato a termómetro. La pregunta correcta —y me la hice tarde— es: ¿cambió desde que dejó de considerarse enfermedad?
Lo tercero: se mueve con el entorno, pero no se cierra. Raifman y colegas, con más de 700.000 estudiantes secundarios estadounidenses entre 1999 y 2015, encontraron que los estados que legalizaron el matrimonio igualitario mostraron una caída de 7% en intentos de suicidio adolescentes, y de 14% entre estudiantes LGB.44 La propia revista publicó al lado un comentario titulado «asociación, pero no causalidad», que corresponde citar.45 Y del otro lado: el registro poblacional sueco de Björkenstam y colegas comparó 6.456 personas casadas con alguien del mismo sexo contra 1.181.723 casadas con alguien del otro sexo, y encontró una razón de tasas de suicidio de 2,7 —2,8 en varones—, sostenida tras ajustar por nivel socioeconómico y por estado serológico de VIH.46 Gente casada, en Suecia, después de la legalización: el entorno de menor estigma que el mundo ofrecía, y la brecha sigue siendo del orden de tres veces. Una revisión sobre los Países Bajos llega a algo parecido y dice, desde adentro del campo, que apoyarse casi exclusivamente en el modelo de estrés de minoría es una limitación que probablemente ocultó otros factores.47
Algunos han usado un argumento que conviene desarmar: que no hay patología subyacente porque los tratamientos de cambio de orientación sexual no funcionaron. «Si fuera patología, tratarla funcionaría; las terapias de cambio de orientación no funcionan; luego no es patología.» Eso no se sigue. Si un tratamiento oncológico falla y el paciente muere, no concluimos que el cáncer no era una enfermedad. Hay patologías reales sin tratamiento eficaz. Lo que la revisión de la APA sobre 83 estudios entre 1960 y 2007 sí sostiene —sin eficacia demostrada y con riesgo de daño documentado— habla de maleabilidad y de daño iatrogénico, no de nosología.48
La disanalogía que sí importa es otra, y es la tesis de este post: con el cáncer hay una medición del cuadro independiente del tratamiento y anterior a él —histología, imágenes, marcadores—. Con la homosexualidad como diagnóstico no hubo nunca un instrumento así.
Entonces, ¿cambiaron los números desde 1973? Parcialmente, y no lo suficiente para cerrar la discusión. La brecha se mueve con el entorno y no se cierra en los entornos más favorables que se han medido. El residuo tiene explicaciones rivales en competencia y ninguna zanjada. Y por simetría: ese residuo tampoco es evidencia a favor de la hipótesis de la patología, porque hay confusores plausibles y no descartados. Es una pregunta abierta.
Cincuenta años después del voto, la pregunta empírica central sigue abierta. En 1973 se resolvió por referéndum una cuestión que era empíricamente viva entonces y lo sigue siendo ahora. Eso es un cargo bastante más grave contra el procedimiento que cualquier cosa que yo pudiera opinar sobre el resultado.
Cierre
Vuelvo a la pregunta con la que empecé. ¿Qué le aporta la sicología a la pedagogía como para haberse quedado con la consulta?
La pregunta operativa es ¿cuál es el termómetro? Cuando un chico con problemas de aprendizaje sale de una evaluación con un diagnóstico: qué se midió, con qué instrumento independiente de la teoría que lo postula, y qué número podría haber salido mal.
Y acá no me voy a hacer el que no sabe: la sicología no da ese termómetro en las partes que quedaron afuera del filtro. En el núcleo empírico hay instrumentos: hay pruebas con propiedades psicométricas conocidas, hay medición del desempeño lector, hay maneras de contar si un chico mejora. Eso existe y es serio. Pero el aparato interpretativo que se monta encima —el que produce el diagnóstico, el relato y la indicación— no se apoya en eso: se apoya en una teoría que no tiene instrumento propio y que no compite contra ninguna medición que pueda dejarla mal parada.
Ahí está la respuesta a mi pregunta, y no me gusta: la sicología no se quedó con la consulta porque aportara una medición que la pedagogía no tenía. Sólo se quedó con la consulta.
A nadie se le ocurriría operar un reactor nuclear con un modelo que no se puede contrastar y una instrumentación que consiste en el buen criterio del operador. No hay ninguna razón para exigirle menos a lo que se usa para trabajar con personas.
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Grupo de investigación de Wilhelm Wundt en el laboratorio de psicología de Leipzig, c. 1880. Autor desconocido — dominio público, vía Wikimedia Commons. Recortada a 2.5:1 para hero landscape. Es el laboratorio con el que empieza la sicología experimental, en 1879, y las personas de la foto están alrededor del aparato: haciendo exactamente lo que este post reclama. ↩︎
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Sobre el origen de la carrera: «Contextualización histórica e institucionalización académica de la psicopedagogía en Argentina», en PePSIC, y «Historia, estado actual y marco legal de la psicopedagogía», repositorio de la UCA. La fundación en la Universidad del Salvador el 2 de mayo de 1956 figura como el primer título de este tipo en Sudamérica; la institucionalización en varias universidades argentinas es de alrededor de 1960. ↩︎
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Harold Pashler, Mark McDaniel, Doug Rohrer y Robert Bjork, «Learning Styles: Concepts and Evidence», Psychological Science in the Public Interest 9(3):105-119, 2008. PDF libre en el sitio del laboratorio de Bjork, en UCLA. ↩︎
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Sobre la experiencia de Angicos (1963): «Paulo Freire e as 40 horas de Angicos», Histela, Universidade Federal do Rio Grande do Norte, y «A experiência de Paulo Freire em Angicos – RN», Diálogos Plurais. El relevamiento previo del universo de vocabulario y las palabras generadoras están descriptos ahí. ↩︎
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Paulo Freire, Pedagogía del oprimido, 1968. Edición castellana de Siglo XXI Editores; ficha del editor. La orientación marxista de la obra y su papel como una de las bases de la pedagogía crítica no son una lectura hostil: es como la presentan sus propios editores y la literatura del campo. ↩︎
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La identificación entre temperatura y energía cinética media es exacta para un gas ideal monoatómico; la definición termodinámica general pasa por la entropía, . Uso acá la versión del gas ideal porque es la que hace visible el argumento, no porque sea la definición universal. ↩︎
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Sadi Carnot, Réflexions sur la puissance motrice du feu et sur les machines propres à développer cette puissance, Bachelier, París, 1824. Facsímil del original en Gallica (BnF). Hay edición crítica en inglés en archive.org, con los manuscritos científicos sobrevivientes. ↩︎
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Pim Cuijpers, Filip Smit, Ernst Bohlmeijer, Steven D. Hollon y Gerhard Andersson, «Efficacy of cognitive-behavioural therapy and other psychological treatments for adult depression: meta-analytic study of publication bias», The British Journal of Psychiatry 196(3):173-178, 2010. ↩︎
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Pim Cuijpers, Eirini Karyotaki, Mirjam Reijnders y Marcus J. H. Huibers, «Who benefits from psychotherapies for adult depression? A meta-analytic update of the evidence», Cognitive Behaviour Therapy 47(2):91-106, 2018 — sobre 256 ensayos con 332 comparaciones, sólo 57 (el 22%) cumplían todos los criterios de calidad. Ver también «The effects of psychotherapy for adult depression are overestimated: a meta-analysis of study quality and effect size», Psychological Medicine, y «Psychological treatment of depression in institutional settings», Journal of Affective Disorders, 2021, de donde salen los valores de g corregidos. ↩︎
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Thomas Munder et al., «Researcher allegiance in psychotherapy outcome research: An overview of reviews», Clinical Psychology Review, 2013. Ver también «A systematic appraisal of allegiance effect in randomized controlled trials of psychotherapy», Annals of General Psychiatry, 2015. ↩︎
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«Cochrane’s risk of bias tool in the context of psychotherapy outcome research», 2017, y la guía de operacionalización del RoB 2 para ensayos de psicoterapia. ↩︎
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Frederick Crews, Freud: The Making of an Illusion, Metropolitan Books, 2017. Ejemplar en préstamo digital en archive.org. ↩︎
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Mikkel Borch-Jacobsen, Remembering Anna O.: A Century of Mystification, Routledge, 1996. ↩︎
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Karin Obholzer, The Wolf-Man: Conversations with Freud’s Patient — Sixty Years Later, traducción de Michael Shaw, Continuum, Nueva York, 1982 (original alemán, 1980). Ficha en Wellcome Collection. Las conversaciones se realizaron entre enero de 1974 y septiembre de 1976. ↩︎
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Sigmund Freud, Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933), conferencia XXXIV. ↩︎
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Sigmund Freud, Análisis terminable e interminable (1937). ↩︎
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Christiane Steinert et al., «Psychodynamic Therapy: As Efficacious as Other Empirically Supported Treatments? A Meta-Analysis Testing Equivalence of Outcomes», American Journal of Psychiatry 174(10):943-953, 2017. Ver también Jonathan Shedler, «The Efficacy of Psychodynamic Psychotherapy», American Psychologist 65(2):98-109, 2010. ↩︎
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«Different Standards When Assessing the Evidence for Psychodynamic Therapy? Response to Cristea et al.», American Journal of Psychiatry, 2017. ↩︎
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Hans J. Eysenck, «The effects of psychotherapy: an evaluation», Journal of Consulting Psychology 16(5):319-324, 1952. Para la refutación posterior, ver «Was Eysenck right after all? A reassessment of the effects of psychotherapy for adult depression». ↩︎
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C. G. Jung, The Red Book: Liber Novus, edición de Sonu Shamdasani, traducción de Mark Kyburz, John Peck y Sonu Shamdasani, W. W. Norton, 2009. Ficha de la Philemon Foundation. Contexto y cronología en Wikipedia, de donde tomo la cita de Jung de 1957. ↩︎ ↩︎ ↩︎
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El libro rojo. Liber Novus, El hilo de Ariadna (Malba – Fundación Costantini), Buenos Aires, 2010; edición e introducción de Sonu Shamdasani, supervisión de Bernardo Nante, dirección de Laura S. Carugati, traducción de Romina Scheuschner y Valentín Romero. Entrada en Wikipedia en español. Hay un fragmento en PDF del estudio de Nante que sirve de puerta de entrada. ↩︎
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El elenco completo está en el Libro Rojo20 y, en su forma de cuaderno, en The Black Books 1913-1932: Notebooks of Transformation, edición de Sonu Shamdasani, traducción de Martin Liebscher, John Peck y Sonu Shamdasani, Philemon Series / W. W. Norton, 2020, siete volúmenes (ficha de la Philemon Foundation). Jung también los describe en Recuerdos, sueños, pensamientos, en el capítulo dedicado a la confrontación con el inconsciente, que es donde relata que Filemón quedó relativizado por la aparición de Ka. Aclaración de método, que este post está obligado a hacer: verifiqué de primera mano lo de Filemón (vía la Philemon Foundation) y lo de los Septem Sermones (vía el texto). Los nombres de Elías, Salomé, Izdubar y Ka, y en particular la relación entre Filemón y Ka, los tomo de fuentes secundarias coincidentes y no de haber leído yo los volúmenes primarios. Si alguien va a apoyar un argumento en ese detalle, que vaya a los Black Books. ↩︎
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«Who is Philemon?», Philemon Foundation, de donde tomo las dos citas de Jung. ↩︎
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C. G. Jung, Septem Sermones ad Mortuos (1916). Texto completo en gnosis.org, en la traducción de H. G. Baynes. Ver también la entrada de Wikipedia. ↩︎
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Henri F. Ellenberger, The Discovery of the Unconscious: The History and Evolution of Dynamic Psychiatry, Basic Books, Nueva York, 1970. Ejemplar en archive.org. ↩︎
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Anthony Storr, Jung, Fontana/Collins, Londres, 1973 (Fontana Modern Masters), 122 pp. Ejemplar en archive.org. Storr describe el episodio como una crisis casi psicótica; la lectura decididamente patológica y su rechazo están discutidos en Sonu Shamdasani, Jung Stripped Bare: By His Biographers, Even, Karnac Books, 2005. ↩︎
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Fatih Incekara y Jan Dirk Blom, «Carl Jung: a life on the edge of reality with hypnagogia, hyperphantasia, and hallucinations», Frontiers in Psychology 15:1358329, 2024. ↩︎
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Bruno Bettelheim, The Empty Fortress: Infantile Autism and the Birth of the Self, Free Press, Nueva York, 1967, 484 pp. (ejemplar en archive.org). La refutación: Bernard Rimland, Infantile Autism: The Syndrome and Its Implications for a Neural Theory of Behavior, Appleton-Century-Crofts, Nueva York, 1964. Panorama histórico en «Early Infantile Autism and the Refrigerator Mother Theory (1943-1970)», Embryo Project Encyclopedia, Arizona State University, y en el sitio del documental Refrigerator Mothers, POV/PBS, con testimonios de las madres. ↩︎
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Richard Pollak, The Creation of Dr. B: A Biography of Bruno Bettelheim, Simon & Schuster, 1997. ↩︎
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Gordon Parker, «Re-searching the schizophrenogenic mother», The Journal of Nervous and Mental Disease 170(8):452-462, agosto de 1982 (ficha en PubMed). Para el panorama histórico, «The Ghost of the Schizophrenogenic Mother», AMA Journal of Ethics, 2013, y «The fall of the schizophrenogenic mother», The Lancet. ↩︎
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Elizabeth F. Loftus y Jacqueline E. Pickrell, «The formation of false memories», Psychiatric Annals 25(12):720-725, 1995 — el experimento «perdido en el shopping», con 24 participantes, de los cuales alrededor de un cuarto terminó recordando parcial o totalmente un episodio que nunca ocurrió. Y una nota que le viene bien a este post: el estudio tiene una réplica preregistrada de 2023, en Memory 31(6). La versión divulgativa es Loftus y Katherine Ketcham, The Myth of Repressed Memory: False Memories and Allegations of Sexual Abuse, St. Martin’s Press, 1994. ↩︎
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Sobre la fiabilidad test-retest, el estudio que se cita habitualmente es N. G. McCarley y T. G. Carskadon, «Test-retest reliabilities of scales and subscales of the Myers-Briggs Type Indicator…», Research in Psychological Type 6(1):24-36, 1983: a las cinco semanas, sólo el 47% de los participantes conservaba sus cuatro preferencias, es decir que algo más de la mitad cambiaba de tipo en al menos una escala. Revisiones psicométricas recientes: Bradley Erford et al., «A 25-Year Review and Psychometric Synthesis of the Myers-Briggs Type Indicator (MBTI) – Form M», Journal of Counseling & Development, 2025, y Stein & Swan, «Evaluating the validity of Myers-Briggs Type Indicator theory», Social and Personality Psychology Compass, 2019. ↩︎
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Paulo Freire, Pedagogy in Process: The Letters to Guinea-Bissau, The Seabury Press, Nueva York, 1978 — traducción de Cartas à Guiné-Bissau. Ejemplar en archive.org. Es el testimonio del propio Freire sobre la campaña. ↩︎
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Los datos de la campaña y su evaluación, en «The lessons of Guinea-Bissau», sección 7 del estudio crítico de Blanca Facundo sobre programas inspirados en Freire (documento completo en ERIC, ED243998). La cifra de 26.000 estudiantes entre 1976 y 1979 con resultados «prácticamente nulos» es del Departamento de Educación de Adultos de Guinea-Bissau, citado ahí. La evaluación de referencia es la investigación doctoral de Linda Harasim. Aclaración de fuente: Facundo escribe desde una posición crítica declarada, así que el post se apoya en el dato que ella atribuye al organismo oficial y en la evaluación de Harasim, no en su valoración general. ↩︎ ↩︎ ↩︎
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«David Reimer and John Money Gender Reassignment Controversy: The John/Joan Case», Embryo Project Encyclopedia, Arizona State University. Los datos biográficos y la fecha de la muerte, en Memorable Manitobans: David Peter Reimer (1965-2004), Manitoba Historical Society, y en la entrada de Wikipedia. ↩︎ ↩︎
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Milton Diamond y H. Keith Sigmundson, «Sex Reassignment at Birth: Long-term Review and Clinical Implications», Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine, marzo de 1997. Material relacionado en el Pacific Center for Sex and Society, Universidad de Hawái. ↩︎
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John Colapinto, As Nature Made Him: The Boy Who Was Raised as a Girl, HarperCollins, 2000. Antes fue un reportaje en Rolling Stone (diciembre de 1997), que la revista republicó. ↩︎
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Andrew Samuels, «Jung and Anti-Semitism», Institute of Historical Research (SAS-Space). De ahí tomo las citas del artículo de Jung «Zur gegenwärtigen Lage der Psychotherapie» / «The State of Psychotherapy Today» (1934), recogido en las Collected Works, vol. 10, Civilization in Transition, y las del editorial del Zentralblatt y de la nota al pie de Two Essays on Analytical Psychology. Samuels es analista junguiano y su texto incluye tanto el material de cargo como los argumentos de descargo de Jung; el post cita las dos cosas. ↩︎ ↩︎
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El Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1949 se dividió entre Walter Rudolf Hess y António Egas Moniz, a este último «por su descubrimiento del valor terapéutico de la leucotomía en ciertas psicosis» — página oficial del premio y ficha de Egas Moniz en NobelPrize.org. La propia fundación consigna hoy que el procedimiento se difundió en los años 40 y 50 y que después se hizo evidente que podía producir alteraciones graves de la personalidad. ↩︎
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El estudio de sífilis no tratada de Tuskegee, conducido por el Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos entre 1932 y 1972 sobre 600 hombres negros —399 con sífilis y 201 sin ella—, sin consentimiento informado y sin ofrecerles penicilina cuando pasó a ser el tratamiento estándar. Un panel asesor lo declaró «éticamente injustificado» en octubre de 1972 y recomendó detenerlo. Documentación oficial en los CDC, con cronología detallada. ↩︎
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«Out of DSM: Depathologizing Homosexuality», Behavioral Sciences, 2015, y la nota histórica de la APA. El estudio canónico del proceso es Ronald Bayer, Homosexuality and American Psychiatry: The Politics of Diagnosis, Basic Books, 1981, que es más matizado que la versión corta: sostiene que hubo presión política innegable, pero rechaza que la decisión fuera sólo una capitulación ante la fuerza. ↩︎
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Evelyn Hooker, «The Adjustment of the Male Overt Homosexual», Journal of Projective Techniques 21(1), 1957. ↩︎
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Michael King et al., «A systematic review of mental disorder, suicide, and deliberate self harm in lesbian, gay and bisexual people», BMC Psychiatry 8:70, 2008. ↩︎
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Julia Raifman et al., «Difference-in-Differences Analysis of the Association Between State Same-Sex Marriage Policies and Adolescent Suicide Attempts», JAMA Pediatrics, 2017. ↩︎
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«Legalization of Same-Sex Marriage and Drop in Adolescent Suicide Rates: Association but Not Causation», JAMA Pediatrics, 2017. ↩︎
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Charlotte Björkenstam et al., «Suicide in married couples in Sweden: Is the risk greater in same-sex couples?», European Journal of Epidemiology, 2016. ↩︎
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«Health disparities in one of the world’s most progressive countries: a scoping review of mental health and substance use among sexual and gender minority people in the Netherlands», BMC Public Health, 2023. ↩︎
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APA Task Force on Appropriate Therapeutic Responses to Sexual Orientation, informe de 2009. Ver también la síntesis de evidencia de la APA. ↩︎